Cristian TULA

Nací en 1985 en la ciudad de Córdoba, Argentina. Soy artista visual, docente y Diseñador de Indumentaria. Estudie Psicología en la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Realice talleres libres de Cerámica. Realice clínicas de análisis, critica y producción de obra con Claudia Del Rio, Fabhio Di Camozzi, Marcelo Nusenovich, entre otros. Expuse mi trabajo en muestras individuales y colectivas en museos, salas, galerías, ferias y espacios alternativos de Rosario, Córdoba y Buenos Aires. Realice la residencia “La Sala Que Habito”. Realice la formación de perfeccionamiento en el Programa Federal Para las Artes, Art Boomerang, dirigida por el curador Daniel Fischer.
¿En qué momento dejamos de mirar juguetes e interactuar con ellos? Con el paso del tiempo el muñeco nos arraiga a un momento que queremos abandonar, que por un tiempo queremos dejar en el pasado, la infancia. Con el avance de las herramientas y nuevas tecnologías, se crean nuevas necesidades que arrojan como resultado nuevos objetos, nuevos juguetes; y es el dialogo de estos quienes tejen un mapa de lo que somos, lo que miramos y lo que deseamos. Durante la infancia estos objetos funcionan como “esponja” de carga emotiva de recuerdos, de magia, de miedo. Son ellos quienes reciben así nuestros abrazos por las noches, son nuestros primeros compañeros de aventuras, así como también nuestros lugares de descarga de ira y enojo. Surge acá la necesidad de reflexionar sobre las prácticas de ensamble planteadas sobre el muñeco, los “desmembramientos” encubiertos en las figuras para armar y para amar, la violencia simbólica velada en las prácticas infantiles de jugar con pequeñas representaciones a escala de la vida real. Los dispositivos propuestos desde el juego plantean una ambivalencia entre completar y quitar, armar y desarmar, unir y separar; desnudar un cuerpo, cubrirlo, vestirlo, completarlo. Manipular un cuerpo representado, un cuerpo carente de voluntad propia sometido a la acción y al deseo de quien lo posea, en el mundo del juego “vale todo”. Por los juguetes del pasado es posible conocer quienes fuimos, quienes fueron nuestros antecesores, por los juguetes actuales seremos capaces de reconocer quienes somos en el futuro.
Cristian Marcelo Tula
“El cuerpo adentro” Lucera
Escena que surge de la necesidad de reflexionar sobre las prácticas del juego y el cuerpo, los “desmembramientos” encubiertos en las figuras para armar y para amar, la violencia simbólica velada en las prácticas infantiles de jugar con pequeñas representaciones a escala de la vida real.
Los dispositivos propuestos desde el juego plantean una ambivalencia entre completar y quitar, armar y desarmar, unir y separar; desnudar un cuerpo, cubrirlo, vestirlo, completarlo. Manipular un cuerpo representado, un cuerpo carente de voluntad propia sometido a la acción y al deseo de quien lo posea, en el mundo del juego “vale todo”; mientras se combina la mirada del cuerpo sacralizado, el cuerpo como último sacrificio.
Es así que en la lucera se combina esta doble lectura sobre el cuerpo como juego, y sobre el cuerpo como templo... el cuerpo sagrado y el cuerpo sangrado.
Una escena de juego dentro de un “fanal” representado en el espacio de lucera de la galería NODO940.
Cristian Tula
Los brujos
Cristian Tula recurre constantemente a la antropología de los juegos infantiles, esos lugares "al borde de" que tanto nos incomodan. En un desprejuicio por las buenas artes de manera consciente y sostenida nos acorrala con sus bebotes terribles, sus ositos descarnados y una petit semblanza a lo pop qué puede sacar una sonrisa a quienes poseemos un humor más oscuro.Con impactantes instalaciones nos acerca al kitsch para revisar alguno de los grandes temas que son icónicos en su producción.La muerte, las infancias corrompidas, la belleza engañosa de las imágenes religiosas ejemplificadoras... Nos toma de la mano (divertido) para pasearnos en un mundo desbordado de obscenidades y ahí nos deja, entre peluches y tripas, para que sepamos lo que se siente estar del lado siniestro de las cosas.
Matías Factorovich sabe construir de lo cotidiano un ritual (un poco a la idea de Goffman). Él busca desesperadamente sostener lo sagrado en cada minuto de los largos días, con esa misma convicción distribuye escenas en pequeñas dosis ya sea en pinturas o dibujos, las escenas que despliega parecen estar fuera de esta línea de tiempo. Matías se aferra a lenguajes tribales mal entendidos como primitivos y como un Robinsón Crusoe serrano nos va dejando relatos en su cueva. El nacimiento y muerte de un pavo real o gallinácea excéntrica, como las serpientes atraviesan un camino de montañas o el momento en que un perro,una mujer y un niño descubren el cosmos. Matías nos presenta situaciones que lo atraviesan en código simbólico y las acompaña con colores destellantes para que quede claro que ahí está poniendo su fe,intacta.
Mientras escribo desde lejos este texto, imagino las ceremonias posibles de encuentro de dos brujos y me anticipo al festejo. Los brujos a veces se encuentran en algún conciliábulo. Se reúnen y cada uno demuestra sus dones, a cuál más poderoso. En esta oportunidad Matías y Cristian, Cristian y Matías son de esos brujos que se animan a compartir pociones secretas incluso a intercambiar objetos de adoración. Al no existir un fin ejemplificador o profético,en este concilio lo que se propone se expande transformándose en múltiples capas de lectura.Así lo que podría ser dual deviene colectivo.
Sofia Torres Kosiba
Lima, Octubre 2019




Tula x Carlos Lista / "Abisales"
"La obra de Cristian Tula, en estrecho diálogo con la de Juan Canavesi, exhibe la resaca que el mar de fondo trae a la luz, desde lo profundo y oscuro y la deja expuesta ante nosotros.
Utilizando recursos que le ofrece la cerámica, el artista modela una miríada de pequeños seres con apariencia de muñecos de escayola. Intrínsecamente ambiguos y duales, combinan (eficientemente) rasgos humanos inocentes y atributos animales, realidad y fantasía, candor y aberración, proximidad y alejamiento. Son cuerpos infantiles mutantes y mutados, ambivalentes, en los que la humanidad y la animalidad se fusionan para dar lugar a lo monstruoso, fantástico y terrorífico.
En estas obras, lo animal no suprime la naturaleza humana, sino que expresa sus secretos más hondos, lo ominoso, que según Sigmund Freud, aterra, pero que nos resulta extrañamente familiar y que por ello está destinado a permanecer oculto. Imágenes reconocibles en las que no queremos reconocernos, invitan a la aproximación, pero generan rechazo. Figuras que emergen del inconsciente, surgidas del caos de un más allá próximo que nos pertenece, porque en parte somos eso.
Seres múltiples y pequeños; su repetición fortalece el sentimiento ominoso y su tamaño resulta engañoso. Pueden diseminarse y eludir el control, amenazan el orden y la certidumbre; intranquilizan e inquietan.
Sin evidenciar una intención de agresión manifiesta, al mostrar lo que no tiene que ser visto, el autor contradice el sentido de lo oculto y al hacerlo transgrede y confronta.
La última ola sorprende y se expande y al arrojar evidencias de lo indecible, nos inunda."





